Las mamás, la esperanza de un mundo mejor

Quizá suene muy pretencioso, pero a veces pienso que el rumbo del mundo depende de las madres. Con todo el peso y la responsabilidad que ello tiene. Hace tres años que soy mamá, mis hijos.

Por Jujy Fabini para Baby Dove.

Quizá suene muy pretencioso, pero a veces pienso que el rumbo del mundo depende de las madres. Con todo el peso y la responsabilidad que ello tiene. Hace tres años que soy mamá, mis hijos son chiquitos, pero en este tiempo transcurrido, tan breve como intenso y revelador, no dejo de sorprenderme de la forma en que me miran y viven mis hijos. Cómo su mundo gira en torno a su mamá. Cómo se les ilumina la cara cuando me ven, cómo se dan vuelta cuando escuchan mi voz, cómo me buscan con la mirada en busca de mi festejo y aprobación de su pequeño gran nuevo logro. ¡Qué vital somos en la construcción de su identidad y autoestima!

Es tan fuerte el vínculo que ahí es cuando nos damos cuenta de que somos una especie más del mundo animal. Que lo mismo pasa con los cachorros, gatitos, o potrillitos. La diferencia es que los animales aprenden por instinto y nosotros los humanos manejamos algunas variables más. Y es ahí donde las mamás tenemos un rol determinante.

Somos mamás y tenemos la responsabilidad de criarlos, guiarlos y mostrarles los posibles caminos. La sensibilidad de descubrir sus almas y darles instrumentos para que ellos las alimenten y nutran. La necesidad de entregarles nuestro tiempo, nuestro amor, nuestra protección y nuestras pocas certezas para convertirlos en adultos empáticos, cálidos, sensibles, y seguros de sí mismos. Y el coraje de saber de que todo lo que hagamos por ellos será para hacerlos libres, independientes, responsables y creadores de su propio mundo. El de ellos, no el que nosotros querremos para ellos.

Me alucina y deja boquiabierta la famosa “mímesis”, la forma en que nuestros hijos absorben como esponjas todo lo que decimos, lo que hacemos, opinamos, comentamos o tiramos al pasar. Mucho más de lo que imaginamos, mucho más de lo que controlamos. Cómo escuchan, perciben, entienden, y yo no diría imitan, sino cómo transforman y crean desde su pequeño y burbujeante mundo, su propia versión.

Mi mamá inventa palabras, es efusiva, apasionada, pega unos cuantos gritos cuando se enoja y llora cuando se ríe a carcajadas. Es coqueta y ondera, siempre tiene varios libros a mano, o en su cartera, o en la mesa, sobre la cama o en las manos. Es bastante desordenada y caótica, le gusta escuchar música, aprender, descubrir cosas nuevas, nutrir su alma, salir, divertirse, moverse. Es creativa, determinante y luchadora de sus justas causas. Muchas de esas cosas las heredé, otras no tanto, otras las transformé, pero todas viven en casa, en nuestra familia, en mi hogar y en mis hijos.

La maternidad tiene un efecto espejo permanente. Si bien empezamos un camino propio, por aquello de que cada mamá es única, como lo es cada bebé, y ni qué hablar cada familia, a mí me pasa que desde que Salva e Indro nacieron y vi a mis padres desde la perspectiva de abuelos entendí muchas cosas. Entendí que tuve mucha suerte. Entendí que debo agradecer mucho más de lo que jamás lo hice. Entendí que no hay una forma de ser mamá, sino miles. Entendí que a ser mamás se sigue aprendiendo siempre, incluso siendo abuela. Y aprendí que hay que cuidarlas, mimarlas y protegerlas, porque son la fuente de amor, entrega y generosidad más grande que hay en el planeta. Sí, efectivamente creo que las mamás somos unas de las esperanzas que tenemos de un mundo mejor. Este post se lo dedico a la mía. Hoy convertida en “La abuela Bea”.

Gracias mami, por enseñarme a ser mamá.