De camping con “La Nena”

Nunca fui una mujer de camping. La verdad es que supe ir a acampar en mi adolescencia o en mi corta experiencia en los boy scouts, pero después de los 16 o 17 años nunca fue algo que me llamara mucho la atención.

Por Sabina para Baby Dove

Nunca fui una mujer de camping. La verdad es que supe ir a acampar en mi adolescencia o en mi corta experiencia en los boy scouts, pero después de los 16 o 17 años nunca fue algo que me llamara mucho la atención. A mí denme la comodidad de una casa, el baño limpio y solitario o el buffet de un hotel.

Mi marido por el contrario hizo camping toda la vida. Claro, otro tipo de camping porque él y su familia tenían una casa rodante instalada los 365 días del año en un camping en Portugal y podría decirse que las comodidades eran otras, pero aún así podemos afirmar que siempre pasó sus vacaciones haciendo vida de “campismo”.

Desde que nos casamos nunca fue un tema que tocáramos. Creo que nunca pensamos en el campamento como una opción de vacaciones. Hasta hace unos cinco meses en que nos pusimos a ver los precios de las casas para irnos 10 días y alquilar. Así que un poco en broma, un poco en serio, nos pusimos a ver opciones.

Para él la alegría era plena, volver a pasar las vacaciones acampando.

Para mí un poco de incertidumbre. La carpa y yo no nos entendemos.

Después de navegar mucho en internet, encontramos las teardrop. Unos trailers casitas de madera que se arrastran con el auto y que parecían la solución perfecta para dormir y cocinar ya que atrás tienen una mini cocina. No soy capaz de describir con palabras por eso les voy a dejar una foto:

 

“La Nena”

 

Evaluamos como siempre los pro y los contra de comprar semejante aparato, pero la inversión no era tanta y parecía ser el cielo prometido.

El argumento que terminó de convencerme fue que para los niños la vida del camping es otra cosa y una experiencia inolvidable.

Decidí creer ese argumento y nos embarcamos en “ La Nena” como le llamaríamos después.

Nos fuimos semana de turismo a San Gregorio de Polanco, un pueblo que queda a orillas del Río Negro y a donde yo solía ir con mis padres cuando era más chica.

Vicente estaba tan emocionado que la noche antes de salir no durmió nada. No podía porque solo pensaba en que iba a irse de campamento.

Pasamos allá cuatro noches, y no sabría decir cuál fue mejor. El tiempo ayudó bastante, y solo tuvimos un día de lluvia en que nos vimos obligados a quedarnos los cuatro confinados a un gazebo. ¡No nos importó! Jugamos a las cartas, a los Marios, al veo-veo, al roba montón. Les enseñamos en tan solo cinco días valores y rutinas que nos podrían haber llevado meses. Sin televisión. Sin internet. Sin nada. Disfrutar de la naturaleza. Los championes continuamente llenos de arena, el fresco de la mañana y el de la noche. Sentarnos en sillas de playa a hacer absolutamente nada y que los niños lo disfruten fue increíble. Quique parecía parte del paisaje. Los pelos al viento, continuamente despeinado y no me pregunten cómo, siempre sucio! Es que atrapó hormigas, juntó piñas, hizo el “angel” en la tierra, trepó a un árbol y hasta remontó una cometa.

Y para Vicente fue un aprendizaje bárbaro. La autonomía y confianza que ganó en estas vacaciones no tienen precio.

Fuimos a pescar, cruzamos en la balsa el Río Negro, hicimos una noche de bingo en el club del pueblo, comimos tortas fritas y nos reímos mucho.

Volví maravillada con todo. Redescubrí un pueblo desde otra mirada, con otros ojos. Me di cuenta lo equivocada que estaba en cuanto al preconcepto del camping. Y comprobé lo que todos me decían de que para los niños era una experiencia única.

Así que “La Nena” se queda en la familia. Y esperamos poder sacarla en cuanto asomen los primeros calorcitos de un sol de primavera.